Mostrando entradas con la etiqueta Otoño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otoño. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de diciembre de 2016

ESCAMAS

La niebla nos ha acompañado todo el día. Buscando cauces nuevos para la nueva temporada la ruta ha sido provechosa. Hemos encontrado los pueblos escondidos y las aguas propicias que buscábamos.


No hemos visto peces, pero si escamas, decenas de ellas bien apiñadas protegiendo el vientre de las casas. Esas casas dormidas en el valle esperando a los emigrantes.





Cada valle tiene sus escamas, todas diferentes. Los colores, las texturas y los verdes que las pueblan marcan una librea propia que los identifica. 

Bien de cerca, la roca y sus habitantes crean valles propios dentro del valle, porque a vista de pájaro hay bosques de musgo abrazando montes de pizarra en un paisaje alpino.


lunes, 14 de noviembre de 2016

OTOÑADA

Ha llegado el tiempo de los robles, de perder el verdor consumido en amarillos y pardos y retorcer las hojas bajo las yemas del próximo año.
Que los robles se despidan significa que el otoño está más que mediado y que el sueño de los árboles extiende su manta.


El otoño comienza dando fruto en tiempo de manzanas, canfresos y escaramujos. Después breves setas y quitameriendas se levantan esperando los oricios. La comida abunda y la glotonería sube la grasa que ha de permitir el viaje del invierno.

 

 
 
 

 

 

Los paisanos tienen prisa por arrear el ganado y bajarlo al valle. Las vacas rompen el aire llamando a los jatos, como quien llama a los niños para que recen sus oraciones antes del sueño .


El calor de otoño es tibio, acobardado por las noches que crecen, pero parece suficiente para dorar y enrojecer los temblones, esos chopos facilones para la brisa.




El caudal hace meses que no cambia, los ríos bajan cansados y los peces nadan aburridos.
Pero los lucios se mueven y comienzan a colocarse sobre posturas nuevas en orillas poco profundas.
Lanzamos sobre las solapas y salen del burladero persiguiendo el señuelo. Un tac seco y el giro de cabeza clava el engaño. Tras el posado de rigor todos volvemos a casa.


jueves, 13 de noviembre de 2014

DONES


Noviembre destruye las tardes reduciéndolas a una breve siesta. La lluvia gélida, casi negra, ahoga la calle adelantando la noche. Sentado cerca de la barra, leo respuestas de José Luis Puerto en un periódico local.

D. José Luis habla de dones, dones humanos, y de viajes, de viajes de vida sin camino de vuelta, porque vivir, dice, es un camino sólo de ida.

Con los árboles desnudos, recuerdo los días de octubre en la ribera. Árboles ardiendo en amarillo y copas ahuecadas de frío desnudándose en la orilla. Recuerdo el agua, que sentada sobre las piedras acompañaba el cauce sin arrollarlo y recuerdo los cauces, recorriendo su trazado libre de antaño, sin el hartazgo de la pantanada.


Acababa la fiesta y bajaba el telón por este año, con silencio de platea y bambalinas adormecidas. Las hojas verdes se volvían amarillas y las moscas amarillas del verano volvían a ser verdes de nuevo. Con olivas de borrasca, octubre parecía un abril rebobinado hacia el invierno.

El corte de caudal permite a estos ríos condenados por pantano, volver a sentirse vivos descansando de tanto arrastre. Los grandes cauces despiertan y se llenan de truchas comiendo arriba.




El final de temporada nos reserva días intensos. Colgados los bártulos, nos quedará esa mirada feliz de haber pescado bien. Soñando con el año que viene, decidiremos el arsenal que montaremos mientras esperamos. Arsenal de moscas triunfadoras, cambios de patrón para las repudiadas y modelos nuevos a innovar tras el torno del taller.


Continúa nuestro viaje, en él no hay camino de vuelta, dice D. José Luis, sólo de ida. Memoria y olvido son haz y envés de la misma hoja, verde y amarilla, que vive y olvida.

En el camino del tiempo los ojos humanos tienen un don, el don de crear belleza a partir de lo vivido. Pero la belleza sigue su propio camino sin poder atraparla, así que lo vivido vuela, viaja en bellos pañuelos con imágenes cosidas entre festones.

En octubre ya no hace fresco, hace frío, y las truchas sienten que este si es el final, que el verano acabó y el otoño será muy breve, que han de comer. Las truchas suben francas en un sueño hecho realidad. Los árboles en llamas se desvanecen en la orilla, sólo queda la roca sobre el agua que canta.

 
Pongo mi fe en un sólo credo, ese que reza que todo lo que existe, deja algún tipo de vibración en el cosmos. D. José Luis insiste en ello y afirma que los humanos poseemos otro don, aun mayor que el anterior: el don de resucitar el olvido.

Ese olvido mohoso y gris que sólo revive a través de una cierta forma de memoria: la memoria afectiva. Los recuerdos que amamos de alguna forma resucitan, el amarillo del olvido regresa al verde de la memoria, lo caduco renace nuevo, lo lejano se acerca, lo oscuro resplandece.


Hago memoria de mis pasos sobre el agua, de los ríos vividos y los momentos amados. Ya no recuerdo algunas escenas, se han vuelto pañuelos de seda que ya no me pertenecen. Lo vivido se ha vuelto belleza, belleza que me visita, belleza que amo, belleza que cura.

El territorio del amor es territorio de resurrección. Cierro los ojos y extiendo al compás un bucle sobre la corriente, una línea de vida que presenta la mosca sobre los recuerdos resucitados al otro lado del sedal.


Tras un golpe de muñeca el recuerdo que amamos coletea en el agua. Rendido y orillado, escapa del olvido y regresa al río, allí seguirá viviendo.

Quiero volver cada día. Y cada noche vuelvo, en secreto.

Respirando, reviviendo, resucitando.

Bebiendo de los dones, bebiendo del río.

jueves, 11 de octubre de 2012

TRUCHAS DE OTOÑO

El otoño es una primavera al revés que nos saca del verano y nos devuelve al invierno, que rinde el verde y deja el amarillo al descubierto. Siempre ha estado ahí, pero ese amarillo de los carotenos sólo puede verse cuando la clorofila desaparece.


Si la primavera es tiempo de promesas, el otoño es tiempo de cosecha y de recuento en los ríos regulados. Las truchas siempre han estado ahí, pero ahora es cuando dan la cara y podemos hacer inventario.
 
 
Estos ríos pantaneros han perdido su ritmo natural y ahora funcionan al revés. Aguantan el invierno amordazados por los pantanos que les roban el agua y en verano se desbocan bajando fríos y altos reconvertidos en canales de riego.
Las truchas llevan aqui una vida extraña, casi centroeuropea. Comen mucho bajo el agua y viven profundas, ignorando las eclosiones de superficie.
 
 
Llega el otoño y los pantanos cierran campaña de riego. La temperatura aún es alta y las truchas se encuentran con aguas templadas y serenas, buen tiempo y eclosiones, lo más parecido a un río natural.
El otoño empieza como acaba el verano, soleado y aburrido. Pero un día, sin hacer caso al calendario, cambia todo. Ese día entra el frío, el color vira del verde al amarillo y viran también las truchas. La apatía del verano se vuelve voracidad y pastan tropezones en la sopa que baja en superficie. Comen mucho, pero sólo delicatesen, el verano las ha engordado y han de completar peso con los bocados más nutritivos.
 
 
 
Tres son los colores, negro, pardo y amarillo. Tres los insectos, dípteros, tricópteros y efémeras. Salen de la caja patosas, hormigas, culirrojas, tricos de pecho de pato... y las ignitas, imprescindibles en tamaños diminutos y montajes impecables en cdc. Cada una en su hora y a su manera.
En la recta final rebuscaremos en la caja las rhodanis con las que empezamos temporada. Cerramos así el ciclo, la marcha atrás que lleva de nuevo al invierno frío y dormilón.
 
Presentaciones exigentes, pasos lentos en el río para clavar peces dorados sobre posturas doradas. Orillas con cuatro dedos de agua donde grandes truchas invisibles levantan la cara y toman moscas invisibles que bajan con la deriva.
 
 
 
El sol pide media jornada y sólo calienta un rato. Las noches se enfrían y se alargan, el reloj de los peces suena, el invierno se acerca y hay que ganar más grasa para el frío y la freza.
 
Porma, Esla, Órbigo, Luna, Carrión, Pisuerga... el escenario es artificial pero delicioso para un pescador a mosca. Enormes tablas y suaves raseras de fondos dorados, donde las melenas de macrófitos marcan las calles y los anillos de ceba el próximo objetivo.
 
El otoño viene a salvar la  temporada. Ha sido un año difícil por la sequía y con la bajada de caudales en los ríos regulados, muerde el hambre de enhebrar truchas.
 
 
Septiembre seca las fuentes o se lleva los puentes. Este año se han secado las fuentes, los permisos sobrantes y la soledad de los ríos. La avalancha de pescadores en los rios leoneses ha sido mayor que ningún año, atraídos por la moda y los buenos serenos de otoño que ha dejado este calor. Algunos tramos libres sin muerte han tenido un tráfico de pescadores nunca visto.
 
Me ha sorprendido la legión de pescadores de ahogada haciendo garita desde media tarde. Armados con silla de camping y bocadillo, sorprende la súbita conversión de algunos autóctonos "esnucadores", que han caído del caballo deslumbrados por la luz cegadora de la pesca sin muerte. Tal vez los recortes en el gasoil de la guardería y el seprona hayan animado a la conversión (por aquello de cumplir con la suegra o alguna cuñada).
 
 
Pero estas truchas saben mucho. Se han licenciado en verano y aunque despliegan posturas por todo el cauce, miran y remiran lo que comen. Hay que sacarse posadas mágicas de la manga y tentar con moscas bien peinadas.
 
 
 Y así, entre palmera y palmera una tarde sube la madre, dejando ese dulce sabor de boca que se paladea todo el invierno y nos ilusiona con la siguiente primavera.