Las chiribitas llevan una semana en el parque. Sus pequeñas flores blancas huelen el aire nuevo y no se arrugan con la nieve ni las heladas. Saben que han de aprovechar el momento, en pocas semanas, el sol y la humedad levantarán el pasto y quedarán ahogadas en un mar de hierba alta.
Avellanos en flor bajo la ventisca, cigüeñas redecorando su nido, carboneros cantando el caca-fú y ahora estas pequeñas margaritas blancas. La primavera está en el aire y las señales están por todas partes.
Quiero ver el agua, me voy al río. Con un sol inesperado subo al coche disfrutando de doce grados fuera.
El aire cambia de olor.
Las riadas han movido bancos de arena y han cambiado pozos y esquinas. Baja perfecto, cristalino y limpio. Las orillas están bien fregadas con lodos blandos que se llenan de trasiegos y huellas, todo el mundo está muy atareado con el nuevo olor del aire.
Encuentro un agujero a la sombra del talud y preparo la emboscada. Con la cara escondida, pego mi sombra al suelo y calculo la trayectoria. Es un lance muy corto, con el señuelo bailando sobre el fondo bien arrimado a la linea de raices.
Veo el escenario desde primera fila. Un luciete responde a la provocación y ataca el engaño. Puesto en pie, me delato mientras lo rindo.
Cruzo el río sobre un lecho blando y relimpio, el agua violenta ha levantado cordilleras de arena y grijo.
Desde la otra orilla veo la frontera oscura del talud. Árboles caidos, rocas apiladas, recovecos y laberintos. Los cazaderos están ocupados por hambrientas bocas escondidas.
Lanzo a la orilla contraria paseando el perro con un descaro provocador. Al segundo lance saco el señuelo del agua y un remolido da media vuelta y se vuelve a la sombra. Ha venido detrás todo el tiempo, siguiendo el marciano de goma con curiosidad.
Sin pensarlo lanzo adelantado a la trayectoria del pez, se lo va a encontrar de frente en el camino de vuelta. La maneta para en seco, cabezazo y chirrido del carrete. Ha funcionado. Surfeamos un poco y al acercarlo a mis piernas lo abrazo bajo la barriga como quien levanta un bebé.
Es grande y tiene un buen mordisco en la cola. La vida emboscada es dura, siempre hay alguien mayor que tú. El vientre abultado indica que los reproductores se están colocando, esperando la freza en su garita.
Con los pies descalzos me siento en el coche. Las botas, sucias y cansadas me miran como dos perros tras su día de caza. Sueñan con la próxima jornada, deseando comer kilómetros de río.
Mis botas también lo huelen y han cogido el rastro, porque la primavera está en el aire y se mezcla con el agua.
Me ha costado casi un mes encontrar el momento para repetir la escapada luciera de enero.
En mi mente seguía el objetivo de regresar, pero los hielos y el trabajo me han retenido en casa. Esperando tras el torno he preparado el maridaje prometido: pelo de zorro ártico y peluca de Nochevieja.
El resultado ha sido un brillante arcoiris con moscas del dorado al azul, que en este sábado previo a la cuaresma hemos bautizado como "Carnival Fly".
Se trataba de un bautizo de postín por lo que acudieron Carlos y Jose como distinguidos padrinos. Carlos de azul, Jose de verde y yo de dorado, hemos montado nuestras líneas y tras un breve responso iniciamos el rito del bautismo por inmersión.
Los días han crecido en estas cuatro semanas y el sol templaba la tarde por primera vez este año. Ya en el agua, la presencia de dos paisanas sobre el camino desataban las bromas de los padrinos. Estuvimos tentados de soltar algún juramento para invocar a los lucios, pero la solemnidad del bautizo nos hizo reir bajito, como en los bancos de misa.
Se repetía escenario y repitieron los actores. El primer lucio fue de nuevo el pequeño y de nuevo el que más juego dió. Escogió el verde y le tocó a Jose pelearse con él para acercarlo a la cámara. Unas fotos para el álbum del bautizo y de nuevo al agua.
Colocados en batería, lanzamos nuestras moscas contra la orilla contraria en un compás de tres por tres. Grabo el lance bajo el agua y mirando el video, la mosca parece imposible de atrapar, su destello pasa veloz apenas un instante.
Pero los lucios no pierden detalle y durante una fracción de segundo aparece una cabeza tras mi mosca dorada. Bocado y cabeceo violento, hay que quebrar la columna vertebral de la presa antes de engullirla.
Cuando adivina el engaño se arranca de nuevo hacia la oscuridad. El freno del carrete le hace girar y el agua estalla. No se va a rendir pronto. Como en la jornada anterior, este pez es grande y tampoco quiere fotos. Tengo que acostarlo sobre la orilla para que pose ante la cámara.
La luz se va y el álbum del bautizo está casi terminado. Miro aguas arriba y veo los padrinos apurando los últimos lances en el atardecer. Es cierto que pescar con amigos es pescar dos veces, porque cuando Jose suelta un quejido de pérdida por un lucio, el pez se nos escapa a los tres.
Se acaba la tarde y salimos del agua. Guardamos las moscas sacramentadas y buscamos lo que más se disfruta en estos eventos, una cerveza fría acompañando la cena.
Con matraca futbolera de fondo, Jose muestra sus últimas creaciones para el inicio de temporada. Son fantásticas, así que organizamos nuestro calendario buscando fecha para el próximo bautizo.
Hoy hemos sido bendecidos por las aguas, pero los caminos de la pesca son insondables, así que mantendremos las moscas a punto y dispuesta la fe.
En estas mañanas nos damos los buenos días sólo por cortesía, porque la niebla fría está tan quieta sobre el río como una telaraña empolvada. El agua está inmóvil y transparente. Meterse en el río infunde respeto incluso con el neopreno. Un lance tras otro recorriendo toda la tabla en abanico, pero las jornadas matinales me han dejado bolo. Al menos me queda el deleite de esta luz invernal tan mágica.
Los azulones se quedan en la orilla ramoneando hierbas y acicalándose el plumaje. Las plumas que caen quedan inmóviles sobre el agua. Nada se mueve. Detrás de la orilla queda una cabeza de lucio medio comida. Alguien se me ha adelantado. Hay escamas por todas partes, pero ya no queda carne del festín.
Hoy es sábado y no he podido acercarme por la mañana. Tengo un rato libre por la tarde y aunque sé que los lucios esperan un cambio de tiempo para activarse, no aguanto más el mono. Me voy al río. Las tardes son muy cortas así que no tengo mucho tiempo. Me muevo cerca de casa. Quiero probar una mosca nueva, peluda y sugerente, mezcla de zorro ártico y conejo, la usaré en unos pocos lances a ver si les gusta.
Es una tablita pequeña, muy cerca de la carretera y al lado del camino por donde pasea medio pueblo. El tramo es de los muy pescados y donde un mosquero en acción concentra público en seguida, pero ya no hay tiempo de buscar un rincón más discreto.
Lanzo, recojo, vuelvo a lanzar. Busco la mosca en el agua, viene bonita, poco lastrada para mi gusto, pero el agua es muy somera y si entra alguno podré ver el lance.
Este invierno tan seco no ha traido riadas, así que permanece toda la vegetación sumergida. Los racimos de ocas se balancean lentos con el agua. En medio quedan pasillos desnudos donde dejo que la mosca se hunda para levantarla con un tironcito. De oca a oca y... ¡ataco porque me toca! Clavo en un acto reflejo, ¿de donde ha salido? apenas supera los cincuenta pero da juego, además me deja hacerle fotos y despedirle en la orilla con delicadeza. ¡Hasta luego cocodrilo!
Repito sobre las ocas. Me gusta como se mueve el pelo de zorro, se abre como una medusa al más leve tirón. Levanto la mosca antes de tiempo y me llevo un coletazo en las rodillas. Un lucio venía siguiendo el señuelo y se lo he quitado antes de decidirse. Insisto en el lance, esta vez si haré la paradiña, esos segundos eternos con el señuelo parado junto a mis pies antes del último tirón.
Están activos, quedan apenas treinta minutos de luz, así que distribuyo mentalmente los lances para apurar los rincones que me quedan. La orilla es profunda y está socavada, ese pozo bajo las ramas tiene toda la pinta de cazadero.
Mosca en el mismo borde de la orilla, dejo que se hunda, al tocar fondo... tironcito.... paff!... aqui viene el segundo. Ha entrado directo a la mosca como una bayoneta. Pasa de los tres kilos y da mucho más juego. Está furioso y sólo me deja hacerle fotos en tierra. Al soltarlo no se despide... ¡adiós!
La tabla está muy caliente, quedan pocos minutos, escojo agujero en el pasillo entre dos islotes. Dos viejecitas llegan paseando desde el pueblo cogidas del brazo y se plantan en la orilla a mi espalda. La mosca se hunde. Tironcito y recojo lento. Lento, otro tironcito, lento...
Oigo murmurar a las paisanas, las miro sobre mi hombro y con el rabillo del ojo veo la estela rompiendo el agua como un torpedo... mierda! Revolcón y se suelta, he clavado tarde. Las paisanas se santiguan cuando oyen mi juramento bajando un par de santos del cielo... (...estos de la pesca sólo saben decir barbaridades).
Los lucios han perdido la vergüenza y se mueven por toda la tabla, seguimientos y medias vueltas tras la mosca, pero ya no atino a verlos. Se acabó la luz y tengo que volver antes de que sea peligroso salir del agua.
Ha sido divertido.
Vuelvo a casa disfrutando de nuevo cada lance en mi cabeza. Sobre la mesa de montaje preparo los engaños de la próxima jornada. Presentaré el zorro ártico a la peluca navideña, creo que van a hacer buenas migas.
Los tonos brillantes de las fiestas navideñas acaban con su pereza y despiertan su voracidad.
La Navidad llega justo a tiempo para hacer acopio de espumillones, pelucas de cotillón y cualquier otro brillo decorativo que aparezca por las tiendas orientales. Por unos pocos euros el elenco de manojos brillantes es suficiente para vestir unas moscas y salir al río.
Este año la estrella ha sido la peluca de Nochevieja. A altas horas de la madrugada, con el año nuevo recién estrenado, me encargué de recoger las pelucas de mis compañeros de fiesta que apenas notaron mi gesto por su (lamentable) estado festivo.
Una peluca dorada, dos plateadas, una azul y otra verde brillante colocadas bajo el árbol y la magia de la navidad hace que sus majestades de oriente dejen a escondidas aquello que he pedido: una buena provisión de Christmas Fly.
Han de durarme muchos meses, porque me gusta apurar los lances y regalarlas a cualquier raiz del fondo y porque los lucios las devoran todo el año.
Salvo el parón reproductor de primavera, para los lucios todo el año es Navidad. Sus costumbres cambian, pero el apetito está siempre afilado y con ganas de probar nuevos señuelos. Pescar con Christmas Fly en verano es como abrir una tableta de turrón en agosto. Suena raro, pero siempre hay algún glotón por casa que le hincará el diente sin preguntar a nadie.
Jose y yo llevamos tiempo enganchados a la glotonería gamberra de los lucios y les provocamos con todas las herramientas disponibles. Las posturas que pescamos se encuentran en rios y no siempre siguen el guión exacto del brazo muerto y profundo tapizado de macrófitos.
Los lucios cazan, mejor dicho recechan, sus presas. Y lo hacen en puestos de caza que eligen previamente. No son figuras inmóviles ligadas a un pozo, los lucios se mueven, circulan entre los puestos ocupando aquellos que dejan otros. Estas rotaciones son importantes, porque el pozo que acabamos de batir sin resultado puede transformarse en un punto caliente horas más tarde. Se mueven entre las sombras como fantasmas, siempre lejos de la luz y es importante tener en cuenta la climatología y la hora del día para acertar con su rincón favorito.
Nuestra forma de pescar incluye mosca y lance ligero, ya que muchos rincones son inaccesibles para el sedal pesado. Los lucios responden por igual a ambas modalidades, con tal de que las vistamos previamente de espíritu navideño.
Tres son las herramientas que manejamos para fabricar una jornada luciera:
En primer lugar la profundidad de trabajo. Necesitamos saber a que profundidad están colocados los puestos de caza. La sombra protectora puede encontrarse a varios metros bajo las raíces profundas de un pozo, o a pocos centímetros bajo esa melena de ocas que ondea en la corriente. A mosca jugaremos con la densidad de las líneas hundidas, a lance usaremos señuelos que naden a distintas profundidades buscando atravesar la ventana del puesto de caza.
En segundo lugar el movimiento. Entendido el movimiento como el agua que desplaza el señuelo, las turbulencias y vibraciones que provoca. La Christmas Fly es excelente en días de sol con aguas limpias, donde puede brillar cual estrella de Belén. Pero en aguas oscuras o barradas, los lucios activan el radar de fosetas colocado en cabeza, mandíbulas y línea lateral para cazar "de oído". Aquí los baberos, colas de vinilo y sonajeros son vitales. Nosotros, que somos primates terrestres de visión frontal, no somos conscientes de la cantidad de información que viaja por el agua sin necesidad de luz y que los peces "ven" y sienten.
La tercera herramienta somos nosotros. Mover un estrimer como quien tira de la cinta de una persiana o recoger un señuelo de lance dándole a la manivela como un autómata, es como pensar que arrastrando la figura de cera de una bailarina rusa, estamos representando el lago de los cisnes.
Los lucios cazan y un cazador necesita presas vivas. Debemos traer nuestros señuelos de forma que al verlos nadar, se nos vaya la vista hacia ellos y pensemos...huummm...¡yo me lo comería!
La literatura de pesca está llena de disertaciones sobre el color de los señuelos, más aún el imaginario colectivo. Cuando pensamos en aguas oscuras se asumen como colores de referencia el negro, el blanco y el naranja. Si tengo que ceñirme a la experiencia reconozco mi herejía al decir que el color, en el caso de los lucios, es algo secundario, ya que sirve únicamente para alimentar la fe de quien lo usa (que no es poco).
Todos hemos tenido días de fortuna en que una cucharilla con lana roja era suficiente para clavar unos lucios. Esos días en que los lucios entran en frenesí, atacando cualquier señuelo. Son días escasos, pero inducen a muchos a pensar que los lucios son peces facilones y sin carácter.
Los lucios de invierno con niebla pegajosa sobre el río y vaho que se escarcha en el bigote o los de las tardes de agosto con ruido de chicharras y piedras derretidas por el calor, son el verdadero reto, porque en algún rincón que no vemos hay lucios celebrando la Navidad.
España es el país de la fiesta. Asi que el calendario luciero español también incluye Carnaval y en los últimos años Hallowen. Las siniestras pelucas de bruja y los abalorios de los bailes de disfraces se vuelven sinuosos animales acuáticos, que contagian la fiesta cuando nadan sobre el pozo favorito de los lucios.
Ahora que se apagan las luces de Navidad os animo a tomar el torno y uniros al espíritu navideño. Para animar la fiesta os dejo lucieando junto a Jose en un breve video de andanzas. Yo voy a terminar el macuto para irme al río, por si aun quedan regalos bajo el árbol.