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domingo, 24 de noviembre de 2013

ENTRE COPAS

Con poca agua y cubierto de hojas, el río parece una alfombra deshilachada que se abandona.
La escapada ha sido corta y este sol de membrillo me invitaba a pasear de día por el garito de las noches de copas. Recuerdo bien la fiesta, las revueltas del agua y las posturas, pero el río tiene la trapa bajada y no queda nadie, sólo la  barra vacía y un intenso olor a frío. El río de primavera se ha dormido y deja un local abandonado.



Quedan pocas hojas en pié y los últimos hongos terminarán aquí su camino. Apenas un par de corzos y un bando de páridos recorren el barrio.

El hechizo del agua me atrae hacia la orilla y me dejo caer de costado sobre los alisos. Cuento las hojas que pasan, las ramas que tira el viento, aquí no queda nadie.



Al parar el aire los tricópteros pilotan cerca del agua. La sombra de las hojas se levanta del fondo y al llegar a la superficie abre los ojos. Es ella, la chica de la última noche, aquella que me sonreía en la barra pero no quiso tomarse una copa conmigo. Ahora que no la invito, bebe sola y muerde el tricóptero como la aceituna de un Martini.





No he dejado de pensar en ella. En cuál sería su combinado favorito, o si mi tono fue adecuado al invitarla. No me lo quiso decir. La miro ahora desarmado y ella no aparta la vista, es la reina del pozo y yo un voyeur inofensivo.
Preparo mi traje de fiesta y mis brillantes adornos esperando el inicio de la  música. Sólo quedan cinco meses, pero seguro que volveremos a encontrarnos.
Cuando la invite de nuevo, tal vez acepte, o tal vez no, pero estoy seguro que seguiremos mirándonos entre copas.

martes, 14 de febrero de 2012

HIELO

Se ha hecho desear, pero el frio blanco purificador ya está aquí.
Su hielo llegado del norte detiene todo lo que toca, atrapando en roca el brillo del agua.
Los ríos duermen.
Quien se aventure más allá de su escondite pagará el precio más alto.











sábado, 4 de febrero de 2012

DUERMEVELA




"Cuando me desperté, todavía no había amanecido. La habitación estaba completamente a oscuras, pero una luz helada estallaba en los cristales enmarcando con timidez extraña el pequeño rectángulo de la ventana. Era la nieve, que caía ya como una maldición antigua y blanca y que empezaba a sepultar una vez más los tejados y las calles. La ventisca había amainado y una calma profunda se extendía ahora por el pueblo llenándolo de desamparo y de silencio. Durante algunos instantes, mientras el sueño volvía a apoderarse nuevamente de mis ojos, la nieve de mi infancia comenzó a fundirse en ellos -como si la visión de la ventana y la nieve que caía sobre el pueblo formaran también parte del recuerdo-, añadiendo a la noche la estela de otras noches, arrancando al olvido la soledad primera, transformando en memoria la mirada y el sueño. Hundido en esa niebla, me di la vuelta para seguir durmiendo."

Julio Llamazares
"La lluvia amarilla"


domingo, 22 de enero de 2012

TARDE DE SÁBADO

En estas mañanas nos damos los buenos días sólo por cortesía, porque la  niebla fría está tan quieta sobre el río como una telaraña empolvada. El agua está inmóvil y transparente. Meterse en el río infunde respeto incluso con el neopreno. Un lance tras otro recorriendo toda la tabla en abanico, pero las jornadas matinales me han dejado bolo. Al menos me queda el deleite de esta luz invernal tan mágica.




Los azulones se quedan en la orilla ramoneando hierbas y acicalándose el plumaje. Las plumas que caen quedan inmóviles sobre el agua. Nada se mueve. Detrás de la orilla queda una cabeza de lucio medio comida. Alguien se me ha adelantado. Hay escamas por todas partes, pero ya no queda carne del festín.





Hoy es sábado y no he podido acercarme por la mañana. Tengo un rato libre por la tarde y aunque sé que los lucios esperan un cambio de tiempo para activarse, no aguanto más el mono. Me voy al río. Las tardes son muy cortas así que no tengo mucho tiempo. Me muevo cerca de casa. Quiero probar una mosca nueva, peluda y sugerente, mezcla de zorro ártico y conejo, la usaré en unos pocos lances a ver si les gusta.

Es una tablita pequeña, muy cerca de la carretera y al lado del camino por donde pasea medio pueblo. El tramo es de los muy pescados y donde un mosquero en acción concentra público en seguida, pero ya no hay tiempo de buscar un rincón más discreto.

Lanzo, recojo, vuelvo a lanzar. Busco la mosca en el agua, viene bonita, poco lastrada para mi gusto, pero el agua es muy somera y si entra alguno podré ver el lance.
Este invierno tan seco no ha traido riadas, así que permanece toda la vegetación sumergida. Los racimos de ocas se balancean lentos con el agua. En medio quedan pasillos desnudos donde dejo que la mosca se hunda para levantarla con un tironcito. De oca a oca y... ¡ataco porque me toca! Clavo en un acto reflejo, ¿de donde ha salido? apenas supera los cincuenta pero da juego, además me deja hacerle fotos y despedirle en la orilla con delicadeza. ¡Hasta luego cocodrilo!




Repito sobre las ocas. Me gusta como se mueve el pelo de zorro, se abre como una medusa al más leve tirón. Levanto la mosca antes de tiempo y me llevo un coletazo en las rodillas. Un lucio venía siguiendo el  señuelo y se lo he quitado antes de decidirse. Insisto en el lance, esta vez si haré la paradiña, esos segundos eternos con el señuelo parado junto a mis pies antes del último tirón.




Están activos, quedan apenas treinta minutos de luz, así que distribuyo mentalmente los lances para apurar los rincones que me quedan. La orilla es profunda y está socavada, ese pozo bajo las ramas tiene toda la pinta  de cazadero.
Mosca en el mismo borde de la orilla, dejo que se hunda, al tocar fondo... tironcito.... paff!... aqui viene el segundo. Ha entrado directo a la mosca como una bayoneta. Pasa de los tres kilos y da mucho más juego. Está furioso y sólo me deja hacerle fotos en tierra. Al soltarlo no se despide... ¡adiós!



La tabla está muy caliente, quedan pocos minutos, escojo agujero en el pasillo entre dos islotes. Dos viejecitas llegan paseando desde el pueblo cogidas del brazo y se plantan en la orilla a mi espalda. La mosca se hunde. Tironcito y recojo lento. Lento, otro tironcito, lento...
Oigo murmurar a las paisanas, las miro sobre mi hombro y con el rabillo del ojo veo la estela rompiendo el agua como un torpedo... mierda! Revolcón y se suelta, he clavado tarde. Las paisanas se santiguan cuando oyen mi juramento bajando un par de santos del cielo... (...estos de la pesca sólo saben decir barbaridades).

Los lucios han perdido la vergüenza y se mueven por toda la tabla, seguimientos y medias vueltas tras la mosca, pero ya no atino a verlos. Se acabó la luz y tengo que volver antes de que sea peligroso salir del agua.




Ha sido divertido.
Vuelvo a casa disfrutando de nuevo cada lance en mi cabeza. Sobre la mesa de montaje preparo los engaños de la próxima jornada. Presentaré el zorro ártico a la peluca navideña, creo que van a hacer buenas migas.