Bromeo a menudo con mis amigos, diciendo que encontrar un buen compañero de pesca es tan dificil como encontrar una buena novia. Quizá sea porque los que nos acompañan en el río y en la vida comparten nuestro instinto más primario: SENTIR.
He compartido jornada con mi compañera, la de la vida. Dice que quiere conocer a la otra, esa amante que me saca de casa de abril a octubre y me mantiene inquieto el resto del año. Quiere pescar conmigo, buscando las sirenas que me reclaman y el escenario que me retiene siempre un ratito más.
Después de mi discurso teórico sobre los fundamentos del lance y su dificultad, su primer bucle vuela más que aceptable. Definitivamente el sentido del ritmo y la coordinación motora está impreso en el cromosoma X.
Las orillas inundadas dan al pantano un aspecto de lago centroafricano rodeado de sabana de encina y pastos de diente. Los barbos no están por subir, prefieren enredar entre las carpas que frezan en un frenesí de carreras que las sacan a la orilla.
Hay que ninfear dándoles la comida a la boca como a los bebés. Al fin clavo el primero y le cedo a ella la caña. Como si le diera un cable pelado, la eléctrica carrera del barbo agita su cuerpo. La miro dando instrucciones como una matrona... "suaaave, déjale correr...suave, suave...recoge!...firme y suave... recoge!"
Me gusta su cara de susto y su pundonor por ganar el combate. Ya vencido, lo exhibe radiante a la cámara. La retrato y siento una mitad de mí en esa foto, en las manos que abrazan, en esa emoción primeriza. Las chicas felices son las más bonitas, ya lo creo que sí.
Caminamos despacio porque se detiene en las reculas buscando peces. Al darme la vuelta la encuentro concentrada revisando el bajo. Todo es cotidiano y nuevo a la vez, porque ella, mi compañera de pesca, sigue siendo aquella que me comparte.
Gracias R.
Gracias R.
