La humedad y el calor se atan, dando la oportunidad de vivir durante unas semanas en un clima tropical. Si hay agua, el empuje del calor levanta selvas verdes sobre cualquier erial. Las cunetas son parterres de gusto inglés y las riberas junglas profundas donde se achantan los corcinos y canta la oropéndola.
Encuentro el río nevado de flores de ranúnculo. Bajo ellas, un deshielo cristalino de aguas que van templando. El alboroto de pájaros compite con la grillada del prado, parece un bar de copas en hora punta, donde todo el mundo quiere conocerse y lucir palmito.
Al viejo aliso le ha nacido un inquilino. Es un árbol centenario, pero sus raíces nudosas y ajadas parecen gustarle a este frágil helecho. La primavera renace ilusiones y enlaza extraños compañeros de orilla.
En la torre duermen los cigüeñatos y su madre pone el ojo en la charca, mientras el calor sube un rumor de abuelas que tricotan al sol con periódicos en la cabeza.
Llegan las moscas. Lavanderas y mosquiteros me avisan del maná. Con los dedos engrasados atuso las alitas de mi señuelo y meneo los hombros como el torero que sujeta el capote con los dientes. Vamos allá.
Suben las truchas decididas a no dejar pasar un bocado y confundidas en el frenesí de la ceba comen el engaño. "Sonría, por favor", foto y al agua buscando un escondite oscuro.
El padre Esla también reverdece con las hojas nuevas. Con el escenario al completo y los figurantes vestidos de gala, llega la mosca que cierra la última semana de este mes que vivimos en el trópico. Vuela la gran perla, la mosca de mayo.
Una cebada rompe la tabla en dos, que empiece el festín.

