lunes, 16 de septiembre de 2013

EL EJEMPLO DEL ÓRBIGO

Las llanuras de inundación son parte fundamental del hábitat de un ecosistema fluvial.
Sin embargo, sufren el castigo permanente de escolleras y obras públicas con la escusa de "proteger" las poblaciones y los cultivos. Obras caras que mutilan la capacidad de generar vida y empeoran los destrozos cuando sobrevienen las inundaciones.
 
Obligado por la normativa europea, veintitrés kilómetros del río Órbigo han recuperado la conexión del cauce con su llanura de inundación, devolviendo al río lo que es del río.
Recuperado su espacio, el río será un lugar más seguro y aumentará su capacidad de alojar vida. Los próximos años podremos comprobar lo agradecido que es un ecosistema cuando recupera su espacio y puede respirar.
 
Esta vez las máquinas se usaron para reparar errores en un "proyecto de restauración", uno de los más ambiciosos llevados a cabo en España y que ha sido seleccionado como finalista en los prestigiosos galardones ambientales European Riverprize.
 
 



El Ejemplo del Órbigo (versión reducida) from Carlos Rodriguez (BICHO Prods) on Vimeo.

jueves, 22 de agosto de 2013

VENENO

"Desde que era un retaco ya quería ir a pescar... ¡pero si nadie en la familia pesca! No me explico de dónde ha sacado este guaje tanta afición"

Los chavales no pegan ojo desde hace días. Hay muchos kilómetros de orilla para  investigar y los primos están felices. La ilusión de descubrir qué hay en la siguiente orilla mantiene la chispa en sus ojos. A los tres nos basta con ver los barbos y emboscarlos antes de que huyan para llenar el día, los tres masticamos el  veneno.


Con el agua  alta y las orillas enlodadas no se puede hacer mucho. Sentados en la ladera su madre nos reparte cecina y queso para continuar la guardia. Las ondas marcan otro pez que se acerca hacia nosotros. Cuando nos alcanza lo miramos, no es un barbo, es un enorme bass vagueando por la orilla.
En la tercera pasada apuramos la cucharilla cerca de la boca... mordió!!


Encuadro la foto que soñamos cuando teníamos nueve años. La escena se contará mil veces y en cada ocasión será un pez más grande y una pelea más épica. El veneno de la pesca provoca estas fiebres y deja una dulce resaca tras viajar allá  donde fuimos felices sosteniendo nuestro sueño con las manos.

jueves, 8 de agosto de 2013

MONSTRUOS

Recién atravesada la frontera portuguesa, el Duero es un río represado y profundo que recoge el agua de una cuenca enorme plagada de invasores.
Un cartel en el embarcadero suena a broma colocada por algún turista simpático. Rodeado por agua quieta y oscura, el entorno parece un escenario propicio para ser devorado por algún monstruo en cuanto dejes de mirar el río.
 
 
Subimos aguas arriba, a uno de los últimos embalses antes de cruzar la frontera. El nivel sigue altísimo y el sol abrasa el agua provocando un bloom de fitoplancton. En el cielo los  buitres nadan en un aire viscoso y recalentado mientras las carpas planean sobre la sopa verde batida contra el muro del pantano.
 
 
 
Todo se queda quieto, sin ganas, abochornado por el calor. Sobre esta calma de espejo se encaraman al islote la silueta del cormorán y la carrera chillona del chorlitejo.
 
 
 
 
Yo también me subo a la roca. Busco aletas, señales de bigotudos en travesía a los  que servir un bocado. El agua cristalina de las playas me ciega y disuelve las siluetas, así que lanzo inseguro a las sombras.
 
 

 
Los barbos de verano son dorados y rechonchos. Con mucho genio en la pelea, pero delicados fuera del agua bajo un sol tan severo. Mientras espero, libélulas color Ferrari toman tierra girando sus ojos de esfera en busca de viajeros descuidados.
 
 
Frente a nosotros, un monstruo extraño toma el sol sobre las rocas. Ha emergido de las profundidades buscando aliento. Es un ser fabuloso con cuerpo de serpiente y cabeza de pez.
La culebra acuática ha cazado un pequeño lucio. Es una culebra mediana y el lucio no pasa del palmo, pero juntos forman un tándem monstruoso luchando cuerpo a cuerpo hasta que uno se rinda o los dos pierdan la vida.
 
 
Pequeños monstruos luchando bajo las aguas. Escenas de muerte que se tropiezan con nosotros por casualidad.
En adelante tomaré más en serio los carteles, no sea que la próxima escena incluya a un mosquero incauto que dio la espalda a las aguas oscuras... tan sólo un momento.
 

martes, 16 de julio de 2013

PIRINEOS

Los Pirineos son montañas nuevas de corte centroeuropeo. Acostumbrado a montañas viejas bien lamidas por el tiempo, me gusta visitar estas moles masivas de roca y hielo con cumbres desafiantes y multitud de urbanitas practicando deportes acabados  en "ing".


A pesar de la marea humana, aquí la pesca es minoritaria y puedes recorrer sus ríos en soledad sin más molestia que la cara extrañada de algún guiri con los pies a remojo y vacas de mirada aburrida.


Tengo predilección por el pirineo aragonés, frondoso y extenso, con infinitos valles y entornos protegidos abanderados por Ordesa.


El calendario laboral me obliga a elegir fechas a ciegas, así me quedé con la primera semana de julio, la más clásica y exitosa en otros años. Un invierno tan cargado de nieves y una primavera fría presagiaban que julio sería demasiado pronto y así ha sido.
Grandes neveros, cascadas vivas y ríos explosivos crecidos por el deshielo. Las laderas azotadas  por el cilicio de hielos aparecen desgarradas por los aludes, con enormes bolas de hielo y ramas arrojadas en el fondo de los valles.


El agua alta baja con prisa y no se detiene. Sin remansos no hay posturas, pero las truchas están hambrientas así que comen pegaditas al fondo. Las busco rezagadas en la orilla y las tiento con moscones y saltamontes. Casi se las oye gruñir cuando suben atacando con furia. La genética mediterránea viste de puntitos su cuerpo sobre un franjeado de bandas. Los fondos blancos y el agua purísima les dan un aspecto cristalino como de figuritas de colección.



Después de seis horas de coche y una buena caminata diaria, encuentro truchas frías y cauces de los de entrar y no saber por dónde salir. El río marca mis límites, así que me siento en la orilla y dejo que todo fluya, miro detrás de la cámara y no me canso de hacer fotos.



A mi lado hay unas salgueras que la crecida ha descarnado dejando sus huesos al aire. En la orilla una pareja de sapos se abraza intensamente enredada entre cordones de huevos y en el pasto, la marmota sestea inmóvil como un perro a la puerta de casa.




Al día siguiente cambio de valle y trepo por una senda de ibones. Mirando el agua que  cae del nevero veo una carraleja, esos escarabajos negros de abdomen hipertrofiado y sabor repugnante, tan largos como un meñique. Baja pataleando agitada por la corriente. A punto de caer por el galgón un pequeño salvelino gira en redondo y no para de atacarla a mordiscos, incapaz de que le entre en la boca.
Llevo un par de horas con imitaciones políticamente correctas y sólo  he conseguido tímidos rechazos. Estos salvelinos fríos sólo vencerán la corriente por bocados realmente grandes, así que guardo la caja de moscas y saco el baúl de foam: la caja de barbos.
Un grillazo rechoncho y al segundo lance clavo a mi amigo bocanegra. La foto me recuerda a otro salvelino de este río hace unos años. En aquella ocasión el pequeño pez se tragó una gran rana y luego comió mi mosca con las patas de la rana aún colgando de la boca. Un auténtico tragón.


Las tormentas de verano nos invaden, liquidan el sereno y nos echan del río. Una pena, porque si los pequeños salvelinos comen grillos, qué no comerán sus hermanos mayores, esos de treinta y tantos que salen entre col y col por aquí... me rindo al dios del trueno, la montaña manda  y nos manda a casa.


Mi subida pirenaica termina aquí, con pocos peces y hambre de verano. Los que tengan la suerte de venir a final de mes, podrán disfrutar de peces sin tocar y cauces serenos. Sólo me queda esperar un largo año con su largo invierno para poder regresar.


Como aquellos nómadas y sus ganados esperaré paciente a que las aguas desafíen el muro de hielo y roca, empujando el maná de peces a través de la frontera.

domingo, 23 de junio de 2013

AMULETOS DORADOS

Demasiado frío y caudales altos han retrasado dos semanas la visita. Las dánicas llegan tarde este año. El retraso me ha servido para montar a tiempo algunos montajes nuevos.
Los subimagos de dánica son moscas grandes, muy grandes en el caso de los machos y en los primeros años pecaba de tímido con el tamaño de los montajes. Llegado al río el contraste con el original era sorprendente, me había quedado corto. Un doce, un diez o incluso un ocho, son las tallas adecuadas para los modelos amarillo limón de los subimagos. Cuesta acostumbrarse a mirar estos modelos tan grandes con fe, pero es lo que funciona, quieren chicha.
 
Desde Navarra, Valladolid y León viajamos para encontrarnos en el río a media mañana. En el puente ya se veían truchas comiendo pequeños dípteros, aunque sin noticias de las dánicas. Pescando al agua pasó el mediodía y sobre la una de la tarde surgieron las primeras efémeras. Era el momento de sacar la munición amarilla. Como siempre, las comparaciones son odiosas y mis imitaciones parecen infantiles al lado de la delicadeza y pulcritud de Paco.
 
 
Un poco alto y tomado por las tormentas, el río aun estaba frío. Los modelos de foam y cuerpo extendido triunfaron el año pasado. Fue el año del "pajaroto" un bicho amarillo de excelente flotabilidad y muy poco agraciado, pero que comen con ansia.
Este año he querido afinar un poco más usando ciervo teñido para aligerar más el modelo. El resultado me gusta, moscas ligeras e insumergibles, buenos modelos para los subimagos.
 
 
 
En un río pequeño, tres pescadores son multitud, así que nos separamos. La meseta traza ríos muy largos y hay kilómetros de sobra para todos.
 
 
La caña de bambú nacida en su taller, un modelo retro de Hardy para el carrete y una seda antigua bien engrasada. Este es el equipo de Paco para hoy. Todo un look Vintage que prepara con devoción, sacrificando posturas por lanzar con un equipo de aire viejo.
¿Paco, por qué  una caña de bambú aquí? "No es cuestión de truchas, es cuestión de "excelencia", me responde.
Joaquín y yo seguimos también nuestras costumbres. En mi caso, con siete pies y número bajo de línea.
 
 
 
Avanza la tarde y vuelvo a ver truchas atrapando moscas en el aire de un salto. Doy un paso atrás para no perder detalle, quiero grabarlo en mi memoria para alimentar mi imaginación en las madrugadas de montaje durante el invierno.
La comida está servida. Las cebadas rompen los parados dibujando grandes anillos de ensaimada.
 
Tras la oleada amarilla llegan los imagos, más delicados y con un amarillo más arenoso. Dibujan ochos en el aire endureciendo sus alas al calor del sol. Algunos ya están con la puesta y son toda una provocación sobre el agua.
 
 
Las truchas no perdonan y comen tragonas. El subimago aun las engaña y es que tienen el amarillo en la cabeza y si hace falta, se mueven de orilla a orilla para atraparlo.
 
 
 
Se agota el sol y volvemos caminando el enorme trecho que hemos recorrido. Este lugar solitario está hoy lleno de coches, bicicletas y remolques con sillas de camping. La romería al santo concentra a todo el pueblo en la ermita.
Calado el vadeador, caña en mano, saludamos a los vecinos vestidos de domingo. Su gesto mezcla la sorpresa y la compasión pensando que nos habremos perdido.
 
 
Como astronautas recién aterrizados volvemos a la base. Hemos dado un paseo espacial en otra dimensión del espacio-tiempo. Es hora de volver a casa y contar como Ulises todos los seres fantásticos que hemos conocido. Hadas amarillas sobre mares verdes, varitas mágicas de bambú y amuletos dorados que flotan sobre las aguas.
Ya estamos soñando con volver.
 
 
 

martes, 18 de junio de 2013

COMPAÑERA

Bromeo a menudo con mis amigos, diciendo que encontrar un buen compañero de pesca es tan dificil como encontrar una buena novia. Quizá sea porque los que nos acompañan en el río y en la vida comparten nuestro instinto más primario: SENTIR.
 
 
 
He compartido jornada con mi compañera, la de la vida. Dice que quiere conocer a la otra, esa amante que me saca de casa de abril a octubre y me mantiene inquieto el resto del año. Quiere pescar conmigo, buscando las sirenas que me reclaman y el escenario que me retiene siempre un ratito más.
 
Después de mi discurso teórico sobre los fundamentos del lance y su dificultad, su primer bucle vuela más que aceptable. Definitivamente el sentido del ritmo y la coordinación motora está impreso en el cromosoma X.
 
 
Las orillas inundadas dan al pantano un aspecto de lago centroafricano rodeado de sabana de encina y pastos de diente. Los barbos no están por subir, prefieren enredar entre las carpas que frezan en un frenesí de carreras que las sacan a la orilla.
 
Hay que ninfear dándoles la comida a la boca como a los bebés. Al fin clavo el primero y le cedo a ella la caña. Como si le diera un cable pelado, la eléctrica carrera del barbo agita su cuerpo. La miro dando instrucciones como una matrona... "suaaave, déjale correr...suave, suave...recoge!...firme y suave... recoge!"
 
 
Me gusta su cara de susto y su pundonor por ganar el combate. Ya vencido, lo exhibe radiante a la cámara. La retrato y siento una mitad de mí en esa foto, en las manos que abrazan, en esa emoción primeriza. Las chicas felices son las más bonitas, ya lo creo que sí.
 
 
 
Caminamos despacio porque se detiene en las reculas buscando peces. Al darme la vuelta la encuentro concentrada revisando el bajo. Todo es cotidiano y nuevo a la vez, porque ella, mi compañera de pesca, sigue siendo aquella que me comparte.

Gracias R.
 
 

sábado, 1 de junio de 2013

PERDIDOS EN LA MESETA

Hemos vuelto a la Meseta. A navegar los mares de cebada pasando revista a legiones de viñedo  en formación exacta. Cepas uniformadas con corteza vieja y brotes de verde nuevo nos saludan.
Hace unos días recibí la llamada que espero cada primavera. El informador transmitía un mensaje codificado: "Ya comen ignitas, vente". Una  caja de carnes como salvoconducto y el guía me recogió en el punto acordado.
 


Hace casi quince años un trabajo casual me dejó en mitad de la estepa obligado a vagar por su vacío durante dos años. Con un viejo Land Rover y una soledad desnuda recorrí sus páramos siguiendo la mirada ámbar de los lobos entre las avutardas. Me transformé en un vagabundo enamorado del pantone de verdes y ocres, los horizontes interminables, los barros temibles, los muros de niebla y el sol justiciero.
A pesar de conocer cada rincón, nunca sospeché que las truchas que añoraba en mi León natal también surcaban los mares de cereal de la meseta. Tuve que esperar diez años para tropezar por casualidad con otro lobo estepario, Joaquín Herrero, empeñado en descubrir paraísos de pesca en mitad de la nada.
 
 
Guiado por este guardián de secretos, ahora vuelvo a esos páramos de árboles náufragos y pueblos errantes, reclamado por sus truchas tan recias como el clima.
 
Estas tierras son fecundas en pan y vino, lo suficiente para andar el camino. Los ribazos del perdedero son pasto de las churras, esa tribu de cara pintada y pelliza de lana que asedia las tapias de barro de los pueblos.
 
 
 
 
El lobo estepario viste moscas en el invierno oscuro y sale de pesca en viento favorable cuando llega la luz de primavera. La cabeza de Joaquín encierra un mapa enorme con toda la meseta. Un mapa escrito en la memoria con los recuerdos de sus manos, acariciando las espigas verdes como aquel gladiador hispano.
 
 
Me explica que ha hecho recuento y que son más de cuarenta los ríos trucheros de meseta sólo en Castilla y León. Poblaciones de trucha escondida con densidades y tamaños en ocasiones muy superiores a cualquier cauce estrella de la orden anual de vedas.
He pescado aquí mil veces pero en mil puntos distintos, por eso Joaquín se ríe cuando vuelvo a equivocarme con el pueblo que se ve a lo lejos. El espacio es inabarcable y entrar en el agua es cambiar de dimensión, sumergido en un tunel verde con un fuerte tiro de agua que te rebasa el pecho y te enfría con rapidez.
 
 
Acaba el mes de mayo y las truchas comen ignitas a la par de paraleptoflevias, tabacos y carnes en el mismo día. Los anillos de ceba no cesan y cada lance tiene respuesta, aunque son tan rápidas que apenas puedo reaccionar. Con tantos kilómetros de río Joaquín puede hacer "barbechos" dejando descansar cada tramo varias semanas antes de repetir jornada. Se nota que las truchas de hoy hace mucho tiempo que no ven un pescador, quizá desde el año pasado.
 



 El día está fresco y añoramos el calor de otros años. Recordando el calor recordamos aquel día de pesca en este lugar mientras grabábamos un documental para Bicho Prods.
Mirando las fotos parece un recuerdo en blanco y negro, como esas fotos viejas que enmarcas para no olvidar ningún detalle.
 
 
 
Murphy se presenta cuando aparece una cámara y no fue un día de los buenos para este  río, pero da igual, compartir la pesca y conservar el recuerdo en imágenes es suficiente. Sobre todo si el buen hacer de Carlos está detrás.
La revista Dánica lo edita en su último número junto con el recuerdo de aquel río patagónico que le enamoró y del que tanto nos ha contado.
 
 
Con ríos trucheros a quince minutos de mi casa he gastado mi día libre en recorrer casi cuatrocientos kilómetros para pescar en la meseta y confieso que no sabría poner en un mapa el lugar exacto que he pescado.
Son tantos ríos y tan olvidados que prefiero no recordar el lugar, así seguiré creyendo que ha sido un sueño, que pescaba un oasis en mitad del desierto verde junto a un nativo llamado Joaquín... perdidos en la meseta.